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(NOTA: Estoy preparando un monográfico sobre la economía española, que tendré listo en unas semanas. Recomiendo su lectura)

He esperado algún tiempo, para poder estimar con suficiente criterio cuál puede ser la influencia de la guerra de Iraq en las economías occidentales, ya que es un problema cargado de efectos laterales, algunos de ellos impredecibles.

En primer lugar, enfoquemos el problema geopolítico del suministro de petróleo. Estados Unidos, desde principios de siglo, produce grandes cantidades de crudo, aunque con costes marginales de extracción crecientes en los últimos años y, lo que es mucho más preocupante, reservas en proceso de agotamiento. Al ritmo actual de producción, en unos diez años quedarán agotadas las reservas petrolíferas en Estados Unidos. La fiabilidad de estas cifras, como la de todas en general, es limitada, y podría perfectamente estar sesgada a la baja. Pero nos da un valioso indicador acerca de que las fuentes petrolíferas de Estados Unidos a corto plazo no están garantizadas.

El hecho de que entre Iraq, Arabia, Irán y algunos países cercanos posean la inmensa mayoría de las reservas (las de México y Venezuela no son comparables), y que además los costes de extracción son de 2-3 dólares en los mejores yacimientos iraquíes contra los casi 20 de las explotaciones británicas del Mar del Norte nos proporciona un segundo punto de apoyo.

Los efectos de una guerra exterior; es decir financiada por un estado fuera de sus fronteras y sin acciones en su territorio, ya se ha estudiado. En general, el consumo se contrae, las personas tienden a tomar menos servicios y viajar menos. La inversión del estado se desplaza para financiar repuestos armamentísticos y se lanzan, aprovechando el momento, ambiciosos proyectos militares. Naturalmente, a mayor duración de la guerra, mayor deterioro.

Las guerras, normalmente, han llevado aparejadas recesiones a continuación, sobre todo si han sido largas. Es falso el mito de que las guerras traigan prosperidad, salvo que ésta venga por la imposición de pagos compensatorios del vencido al vencedor.

Ya comentaba en mi último artículo los posibles efectos a largo plazo, derivados de unos precios de crudo muy bajos y de financiar la reconstrucción de Iraq a cambio de petróleo. Sin embargo, estos beneficios son potenciales; es decir antes de que se produzcan el resto de las potencias europeas y China tendrían que consensuarlos, y recordemos que empresas como TotalFina o Lukoil tienen grandes intereses en Iraq y, sobre todo, la promesa de grandes beneficios futuros en concesiones.

Ya saben que no me gusta meterme en camisas de once varas que no conozco suficientemente, como por ejemplo la diplomacia o la política exterior, pero también me parece bastante obvio pensar que un ataque a Iraq sin el plácet del Consejo de Seguridad podría tener consecuencias imprevisibles, incluso dentro de un mundo árabe dividido, y sobre todo si forma parte de algún plan de gran alcance para remodelar el mundo árabe según patrones norteamericanos.

En estos momentos, es muy difícil hacer estimaciones correctas de las cifras, ya que existen importantes sesgos y tendencias psicológicas, derivadas de una guerra considerada inminente, que pueden hacer patinar en el resbaladizo mundo del análisis.

De cualquier forma, hecho este pequeño inciso, pasemos a analizar la situación macroeconómica. Como ya se comentaba en “Panorama macroeconómico: Enero 2003”, la senda descendente de los tipos en Europa se va convirtiendo en realidad, y posiblemente aún le quede camino a la baja.

El dólar ha alcanzado la cota de 1.10 unidades por dólar, que se puso como límite “de confianza” antes de proceder a actuaciones de intervención. La bajada de los tipos en Europa prácticamente ha coincidido con este nivel, aunque obedece también a causas internas, que se analizarán. A nadie le interesa un dólar tan bajo. A Europa porque merma la competitividad y a Estados Unidos porque erosiona su credibilidad política y hace menos atractivos sus mercados de valores por el riesgo cambiario. Existen fuertes presiones bajistas sobre la moneda americana, que ha sido intervenida al menos dos veces en los últimos sesenta día, la última este jueves/viernes, además a gran escala.

Económicamente, el dólar no tiene motivo para no seguir bajando, hasta que su balanza comercial se equilibre en cifras asumibles. Sin embargo, descensos en su cotización pueden poner en duda la credibilidad de Estados Unidos, por lo que son previsibles nuevas intervenciones, que pueden o no parar la tendencia bajista. Mi opinión es que, salvo el pico que se producirá en caso de guerra, a corto plazo intentarán sostenerlo en el nivel 1,10.

Con los datos disponibles, parece bastante lejana una recuperación de su economía. La inversión de las empresas se mantiene en niveles muy bajos y las perspectivas no son de repunte. La productividad sube, pero, paradójicamente, el número de horas trabajadas desciende, mientras el sistema sigue diez puntos porcentuales por debajo de Europa en uso de capacidad instalada. Es decir, ésta se sitúa muy por encima de lo necesario y se están saneando las cuentas de las empresas vía despidos, al tiempo que no hace falta trabajar más horas por la debilidad de la demanda y se están eliminando empleos.

Lo anterior no es obstáculo para que el déficit comercial de Estados unidos sea enorme, y siga creciendo cada mes. Este año probablemente supere los 400.000 millones de dólares, cifra fenomenal incluso para el tamaño de la economía del país, y preocupante si se tiene en cuenta que las exportaciones, con un dólar tan bajo, se deberían estar recuperando, algo que no se vé en estos momentos. El último mes se han destruido empleos del sector de manufacturas y servicios, casi 140.000 sólo en estos dos sectores, de un total de 308.000, datos tan malos que sugieren que los del mes anterior no eran correctos por lo buenos que fueron, independientemente del efecto del crudo invierno y las tormentas.

 



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