Digámoslo alto y claro: si el coste de financiación de España sigue siendo tan alto es porque sencillamente desde el exterior nadie cree en la solvencia de España. Y nadie nos toma en serio sencillamente porque, como bien señala Jesús Sánchez-Quiñones en El Confidencial, existe una burbuja en la Administración Pública española.  Mientras que entre 2002 y 2007, los ingresos públicos se incrementaron un 53%, los gastos lo hacían en menor proporción, un 45%. El problema es que a partir de 2008 a algún genio se le debió de ocurrir que los ingresos que se obtenían eran de carácter estructural y no coyuntural por lo que el gasto, esa variable a maximizar para los burócratas, por lo que los gastos continuaron incrementándose sin tener en cuenta los ingresos, generando un déficit continuado; en particular, en 2009, 2010 y 2011 las Administraciones Públicas gastaron en cada uno de esos años un 31%, un 25% y un 24% más de lo que ingresaron.

Ello explica por qué el déficit del Estado en relación al PIB ha pasado a reducirse tan sólo un 2 décimas, pasando del 9.1% en 2010 al 8.9% en 2011. Lo que estamos haciendo es sencillamente del género absurdo: estamos aumentando impuestos (penalizando así el consumo y el crecimiento) mientras no se reduce el gasto.

Sr. Rajoy, sinceramente, cualquier estudiante de los primeros cursos de Económicas sabría cómo arreglar la situación actual usando un simple modelo IS-LM. Y sería justamente haciendo lo contrario de lo que está haciendo ahora: bajando (o en el peor de los casos, manteniendo) impuestos y reduciendo el gasto público en mayor cuantía que la bajada de los impuestos. De esa manera se lograría el objetivo de déficit pero además no se penalizaría el consumo.

Pero claro, es mucho mejor mirar por nuestros camaradas de partido y mantener a todos los que podamos en el poder. ¿Para qué reducir el número de ayuntamientos, eliminar las diputaciones y otros gastos superfluos? Pues sepan, señores políticos, que en otros países mucho más grandes que el nuestro existe un número muchísimo más pequeño de concejales, diputados, senadores, etc. y les va mucho mejor. Ello que indica, en definitiva, que no estamos siendo eficientes en el uso de los recursos, y que en el exterior estamos dando una imagen de puro despilfarro.

El mercado refleja la percepción de la realidad y las expectativas de los agentes y lógicamente incorpora en la prima de riesgo la imagen de que somos un país en quiebra técnica. Además de esto, las “elegantes” jugadas en los últimos meses de nuestros bancos y de nuestros políticos contribuyen a reforzar la mala imagen en el exterior. Si no, fíjense en la siguiente secuencia de acontecimientos: ¿recuerdan cuando a finales de año el BCE inyectó 300.000 millones a la banca española a finales de 2011 mediante el programa de LTRO? ¿A dónde fue a parar todo ese dinero? Muy sencillo, a pagar los vencimientos de deuda propia y el resto, a comprar deuda española.

¿Qué hizo la prima de riesgo española tras esa inyección? Bajar desde 460 a 300 puntos y mantenerse estable a la espera de que el nuevo gobierno de Mariano Rajoy anunciara medidas.


¿Y qué hizo Rajoy? Ni corto ni perezoso, y creyéndose ganador en las elecciones andaluzas, retrasó la presentación de los Presupuestos Generales del Estado para 2012 hasta después de dichas elecciones.

Cualquier agente económico que vea estas maniobras desde fuera lógicamente las incorpora a sus expectativas y las traslada inevitablemente al mercado. De ahí que tras la presentación de los paquetes de medidas, nadie se crea nada porque se ha seguido gastando a mansalva, y para remate se ha intentado engañar y aprovecharse de la coyuntura para ocultar información.

Así pues, no echemos la culpa a los mercados, esos entes malignos que supuestamente gozan con el sufrimiento de los obreros apretándoles hasta sacarles la última gota de sangre, y miremos hacia nuestros políticos, los cuales no toman las medidas adecuadas y generan desconfianza. El mercado se limita a reflejar en números la situación actual, a recopilar todas las expectativas y la información existente para traducirlas en precios.

Dicho esto, la solución pasa por una intervención del Estado español. No es que la desee ni me entusiasme, pero al menos desde fuera se harán las cosas que desde dentro no se atreven a hacer.

Y si no, miren el artículo del Wall Street Journal que lleva toda la mañana comentándose en círculos financieros: el BCE propuso que fueran los tenedores de deuda los que asumieran las pérdidas en el caso de las cajas de ahorros que estuvieran más dañadas. Es lo que se denomina un bail-in ¿Adivinan qué dijeron los ministros de Economía y Finanzas del Eurogrupo? Exacto, que de eso nada. Y me imagino que el primero en decirlo fue el sr. De Guindos. Sin embargo esa es precisamente una solución acertada: que cada palo aguante su vela mediante una quita o una conversión de deuda en acciones preferentes, evitando trasladar una deuda de entre 50.000 y 100.000 millones a todos los españoles, de cual no somos ni mucho menos responsables. Pero claro aquí tendríamos un problema en la práctica: Irlanda. O lo que es lo mismo, cuatro millones y medio de irlandeses preguntándose por qué ellos sí que han tenido que pagar con sus impuestos los problemas de la banca. Y por si fuera poco, los bancos que hicieran eso no cumplirían con Basilea III.

Eso sí, un posible rescate de España plantea una grave incógnita: ¿estarán dispuestos nuestros socios del Norte a financiar algo tan caro (las últimas estimaciones rondan los 300.000 millones de euros? A lo mejor los finlandeses deciden irse del Euro finalmente.

Lo que está claro es que ya hemos perdido la soberanía desde hace tiempo, prueba de ello es el hecho de que el gobierno de Rajoy ha incumplido punto por punto su programa electoral a base de imposiciones externas. Para eso que nos pongan directamente a los tecnócratas a gobernar ya, y que no nos hagan pensar que tenemos un gobierno títere. Que tomen todas las medidas que haya que tomar y que nos digan por qué hay que tomarlas, sin crearnos incertidumbre y ansiedad innecesarias. 



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