Imaginad: 2012, en pleno corazón de Mayfair (Londres), en el exclusivo Crockfords Casino. Lo que os voy a contar sucedió algo que parece sacado de una novela… pero es completamente real.
Phil Ivey, considerado por muchos el mejor jugador de póker del mundo, y su compañera Cheung Yin “Kelly” Sun, apodada la «reina del bacará», entraron al casino con cuatro exigencias muy concretas:
- Salón privado
- Barajador automático
- Crupier que hablara mandarín
- Barajas Gemaco de un modelo concreto con el dorso de color púrpura.
Nada ilegal. Todo conforme con el reglamento. Solo condiciones.
El casino aceptó sin pestañear. Y es que cuando llegan las “ballenas”, esos jugadores que mueven millones jugando en la mesa, la casa siempre dice que sí.
La clave no era el juego. Eran las cartas.
El juego al que querían jugar era el baccarat (o bacará), un juego de cartas de origen francés muy popular en Asia y en grandes casinos, donde el jugador apuesta a si ganará la “banca” (la casa) o el “jugador”, o si habrá empate. Por si tenéis curiosidad en saber las reglas de este juego, podéis ver este vídeo:
Se trata de un juego de probabilidades fijas, con una ventaja matemática para el casino del 1,06 % aproximadamente… en teoría.
Pero aquí estaba el fallo. Las barajas Gemaco elegidas tenían un defecto microscópico de fabricación: el borde blanco del reverso de la carta era ligeramente más ancho en un lado que en el otro. Una diferencia inferior a medio milímetro. Invisible para cualquiera… salvo para alguien que supiera exactamente qué estaba buscando.
Y lo crucial:
- Las cartas altas (6, 7, 8 y 9), que son las que deciden la mayoría de manos en bacará, tenían el borde más ancho en un lado.
- Las cartas bajas y figuras tenían el patrón invertido.
Es decir, las cartas “importantes” eran distinguibles si estaban giradas 180°.
No estaban marcadas. No estaban manipuladas. Venían así de fábrica.
Era información asimétrica impresa en origen.
Fase 1: Ordenar el Mercado
Al iniciar la partida, Kelly ejecutó lo que parecía una superstición inocente. Le dijo al crupier lo siguiente:
“¿Podría girar las cartas de la suerte 180º para atraer al buen qi?”
En la cultura china, el “qi” es la energía vital. El crupier, encantado con las propinas que le daban, accedió.
Cada vez que aparecía un 6, 7, 8 o 9, pedían que se girara.
Después de una baraja completa (lo que en bacará se llama un shoe, el conjunto de cartas que se usan antes de volver a mezclar), el mazo estaba perfectamente clasificado:
- Todas las cartas altas orientadas en una dirección.
- Todas las cartas bajas en la contraria.
Habían convertido la baraja en algo equivalente a un libro de órdenes perfectamente legible.
No habían cambiado las reglas. Solo habían dejado que el sistema se ordenara solo.
Fase 2: Ejecución Quirúrgica
Aquí entra en escena Phil Ivey.
Observaba las primeras cartas que salían. Con solo tres o cuatro ya podía inferir qué tipo de cartas quedaban por venir.
Cuando la probabilidad se disparaba a su favor, apostaba fuerte: entre £150.000 y £250.000 por mano.
Cuando no tenía ventaja, apostaba el mínimo.
Esto, en nuestra jerga de traders, es lo que podríamos denominar un position sizing disciplinado; o lo que es lo mismo, aumentar la exposición solo cuando la esperanza matemática es positiva.
Lo que era una desventaja del –1,06 % para el jugador se convirtió en una ventaja estimada de entre un +20% y +30%.
En una sola noche Ivey y Kelly convirtieron 1 millón en 7,7 millones de libras.
Como si estuvieras operando con 10x de apalancamiento… pero con deslizamiento cero y ventaja estructural real.
Meses después, el casino Borgata Hotel Casino & Spa en Atlantic City cometió el mismo error con las mismas barajas defectuosas.
Resultado: 9,6 millones de dólares más para la pareja.
¿Hicieron trampas?
Por desgracia, los casinos se negaron a pagar y llevaron el caso a los tribunales. Finalmente, los jueces dictaminaron que explotar un defecto de fabricación constituía “cheating” (trampa), aunque:
- No tocaron indebidamente las cartas.
- Tampoco las marcaron.
- No violaron ninguna norma escrita
- No manipularon el resultado.
El debate, sin embargo, está lejos de estar resuelto: los peritos del juicio del Borgata contra Ivey y Sun señalaron que la imperfección de las cartas utilizadas era de un 30% de pulgada, lo que está dentro de los límites dictados por la ley estadounidense para determinar una baraja normal. Son 0,8 milímetros, una auténtica minucia invisible para la gran mayoría de los ojos humanos, pero que Kelly e Ivey podían distinguir.
Es decir: simplemente detectaron una ineficiencia estructural. Y la explotaron aprovechando este don.
Moraleja para Traders
El mercado es un casino. La diferencia es que en trading no juegas contra una ruleta o las cartas: juegas contra ineficiencias.
La mayoría pierde porque opera sin ventaja estadística. Otros ganan por azar. Pero los profesionales buscan exactamente lo que encontraron Ivey y Kelly:
- Una asimetría.
- Una anomalía estructural.
- Un edge (ventaja matemática real).
La lección de esta historia no es “haz trampas”:
- Si el mercado tiene una grieta estructural, no necesitas predecir el futuro.
- Solo necesitas disciplina para apostar fuerte cuando la probabilidad está de tu lado… y reducir al mínimo la exposición cuando no lo está.
La casa siempre escribe las reglas. Pero durante un año perfecto, Phil Ivey demostró algo incómodo:
Cuando el sistema está mal calibrado, basta con saber leer la asimetría… y dejar que el propio mercado te entregue su ineficiencia directamente en tu cuenta.
En el trading, como en el bacará, el verdadero pecado no es perder. Es operar sin ventaja.
Saludos,
X-Trader






