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En estos días, me venía a la cabeza una frase interesante acerca de la economía. No recuerdo bien quién la dijo, pero venía a ser algo como “La economía se basa en dos patas; una de ellas es un conjunto de hipótesis incomprobables y la otra unos cuantos axiomas por comprobar”. Es una frase para reflexionar.

A continuación, pasemos a analizar el entorno económico. En tiempo de guerra, el consumo de bienes y servicios suele pararse de forma acusada, y esta vez no ha sido una excepción, sobre todo en Estados Unidos. Existen las habituales divergencias en los datos, que no son excesivamente fiables.

Les voy a contar varias cosas que me han llamado la atención en los dos últimos meses, y violaré una vez más mi costumbre de no meterme en camisas de once varas para hablar algo de sociología y de historia.

Pocas cosas son nuevas bajo el cielo. El espectáculo a que hemos asistido en Iraq puede ser realmente el prolegómeno de algo mucho más vasto o, por el contrario, pasar a la historia como un borrón más. Habrá que esperar. De cualquier forma, hay varias cosas que sí que sé que probablemente en los próximos años van a suceder; unas simplemente porque después de las guerras suelen ocurrir, otras por simple sentido común. Hay fundamentalmente dos que son típicas. La primera es una contracción del comercio y la segunda una ralentización del progreso. Suelen ir acompañadas casi siempre por radicalizaciones políticas en algún sentido.

En mi opinión, la economía estadounidense está atravesando la peor crisis desde hace cincuenta años, y en muchos aspectos tiene tintes estructurales. En el contexto actual, dónde parece que se ocultan los aspectos “sensibles” de la opinión pública, debemos fiarnos todavía menos que de costumbre de los datos económicos, y sobre todo de aquellos con fuerte contenido psicológico. A pesar de todo. Los crecimientos de actividad, los indicadores psicológicos de compras, el índice de manufacturas, el paro y el índice de precios industriales son decepcionantes, sin excepción. Este último es especialmente preocupante.

Les resumiré los problemas que tiene la economía norteamericana, sus consecuencias a corto, medio y largo plazo. El problema más acuciante, y que subyace al resto, es que los norteamericanos han estado viviendo por encima de sus posibilidades, endeudándose para consumir y mantener su nivel de vida. Han invertido demasiado en capacidad productiva al tiempo que su renta media ha disminuido, mermando el consumo y dejando un peso cada vez mayor en las exportaciones, y actualmente están sobreendeudados, recurriendo masivamente a la figura de la rehipoteca para obtener liquidez, algo inusual en Europa. Esa práctica consiste en aprovechar la burbuja inmobiliaria para obtener liquidez de activos hipotecados, a la vista de que su mayor valor permite mayor apalancamiento.

Estas deudas millonarias por parte de los consumidores incapacitan a la Reserva Federal a subir los tipos de interés, ya que las consecuencias podrían ser muy negativas, en forma de crisis bancaria por impago de préstamos. Por otro lado, tras la bajada del precio del petróleo al estabilizarse la situación iraquí, la economía norteamericana se encuentra probablemente en deflación o casi, a pesar de la devaluación de su moneda, independientemente de las declaraciones de intenciones varias que se produzcan.

Todo ello se combina con una moneda cotizando a 1.15 unidades por euro. Comentábamos antes de la guerra que el dólar se mantendría sobre el 1.10 mientras duraran las operaciones, pero de forma artificial y por motivos políticos. Ahora puede dejar de ser así. Las operaciones internacionales de divisas sugieren que varios bancos centrales del área de Asia están reconfigurando sus carteras de divisas y transfiriendo cantidades masivas a euros. Insisto en que no existen motivos para que el dólar siga devaluándose, ya que sus desequilibrios persisten (de hecho, aumentan) y sus exportaciones no se recuperan ni siquiera con este conjunto de medidas de carácter enérgico que están recibiendo al otro lado del Atlántico. Sin embargo, la Reserva federal sabe que un dólar que rompa la barrera del 1.20 puede desencadenar una crisis de confianza, de forma que no creo que se llegue a ese punto.

Esta es una mala noticia para Europa. Si se hubiera mantenido la paridad dólar-euro, este año la Unión Europea hubiera quedado muy cerca (incluso por encima) de Estados Unidos en cifras de crecimiento.

Estados Unidos tiene ya todos los motores al máximo. Con los tipos de interés rozando los márgenes de intermediación, no tiene más resortes que emplear en política monetaria. El país está huyendo de la deflación permitiendo a su divisa caer libremente para compensar la bajada del petróleo y de paso intenta por este método reactivar sus exportaciones, que sin embargo ceden terreno. El crudo se va a mover en la banda de los 20 dólares por barril, algo de vital importancia para la economía estadounidense. Todas las palancas están activadas, incluyendo aumentar el déficit público multiplicando los gastos militares. Sin embargo, hay tres lastres fundamentales que impiden al país salir de la recesión.

El primero es la sobreinversión que existe, gracias a la cual Estados Unidos sigue unos diez puntos por debajo de Francia y Alemania en índice de ocupación de la capacidad industrial, y además con tendencia a aumentar esa distancia. Mientras este índice no se comience a recuperar (y por ahora, empeora), ya sea por la vía de no renovar activos y dejar que se amorticen, o bien por la vía de aumentar el consumo, el país no saldrá de la recesión por inversión industrial.

El segundo es el sobreendeudamiento de las familias, basado en rehipotecas para conseguir liquidez, que ha aumentado el riesgo bancario del país. Cualquier subida de tipos puede tener funestas consecuencias, pinchando esa burbuja inmobiliaria que al parecer no existe, según se repite con insistencia en todos los medios imaginables, con una concordancia de desfile prusiano en el terreno de la opinión, obviando ciertos detalles siempre en las exposiciones, como por ejemplo la incidencia de los tipos de interés en la morosidad.

El tercero es el déficit de la balanza comercial, que sigue pertinazmente alto y en ascenso, y lo más interesante es que sigue sin moderarse a pesar de que el dólar ha perdido mucho valor. Ello sugiere una pérdida de competitividad estructural respecto al exterior que se está intentando compensar por medio de devaluaciones.

Si la cuenta de capital (es decir, el flujo de dinero de fuera) deja de sostener el sistema, Estados Unidos podría tener serios problemas financieros. El flujo financiero se basa en que el comercio internacional se realiza en dólares por considerar la influencia política y la importancia financiera del país. En estos momentos, los tipos de interés de los bonos estaunidenses son muy bajos, para favorecer una posible recuperación y, sobre todo, para que sus endeudados ciudadanos no se vean abocados a la insolvencia en caso de subidas. No se pueden subir los tipos para atraer capitales extranjeros, o eso daría al traste con la economía. Esta limitación en principio trae problemas inflacionarios (que en este caso no existen) y pérdida de confianza de los inversores que huyen.

Las transacciones internacionales se realizan en dólares, lo que significa que las reservas de divisas están en dólares (que son la moneda que mantiene el país en caso de necesidad). Si el comercio internacional aumenta, entonces, el número de dólares en circulación sube, y los depósitos se incrementan, lo que significa, esencialmente, que Estados Unidos mantiene su cuenta de capital y puede sostener su déficit comercial.